Las tendencias que marcarán el futuro próximo de los negocios digitales en todo el mundo, según refleja la segunda edición del “Observatorio de Tendencias Digitales del MIB” (Máster en Internet Business), serán la innovación, la orientación global que trascienda a la pura venta, el enfoque móvil y la disrupción.
El estudio, que recoge la visión de una veintena de prestigiosos académicos de instituciones de referencias como Harvard, el MIT o Cornell, revela que el éxito empresarial va a requerir, en gran medida, cambios radicales en los modelos de negocio para lograr un impacto importante con el mercado (buscando una orientación global), con la tecnología (entre el 40% y el 60% de la actividad se desarrollará en un modelo de outsourcing) e, incluso, con el servicio (hay compañías, como la norteamericana Dashfire, que sólo trabajan con las empresas durante el primer año, ya que es el máximo período de tiempo durante el que pueden ayudarles).
En ese desafío, la innovación tiene que ser el principal motor del cambio, pero debe ser una innovación que nazca de los retos, y no de las ideas, y que consiga además resultados disruptivos: uso de tecnologías sofisticadas para trasformar un servicio o un producto que es complicado o caro en algo simple y económico. No es una mejora innovadora en la manera ya conocida de hacer las cosas, sino que se deben modificar haciéndolas más simples y baratas.
El crowdsourcing se ofrece en ese sentido como clara tendencia y oportunidad. La innovación externa puede ayudar a aumentar la variedad de ideas y el volumen a través de colaboraciones en casos complicados de innovación e investigación.
Por otra parte, las soluciones a los grandes problemas sociales cada vez dependerán más de la interoperabilidad: un reto de diseño e innovación. Se producirá así una transferencia progresiva de la innovación a los usuarios. La estrategia de interoperabilidad se ha convertido en un factor clave de éxito, incluso por encima de la estrategia de IP. Y para obtener una interoperabilidad útil hay que mirar más allá de los niveles de tecnología y datos, considerando también los niveles humanos e institucionales.
Y en esa línea, se desarrollará la «economía de la intención», ya que el cliente va a Internet a comprar, y la empresa, en vez de venderle, tiene que satisfacer realmente sus necesidades y adivinar sus intenciones, y evolucionar por tanto hacia los productos y servicios personalizados. Hay que tener en cuenta que, sin embargo, la mayoría de las empresas siguen orientadas a las ventas.
La “economía de la intención” impone el reto de orientarse a ofrecer servicios que se adelanten a las intenciones de los compradores hasta que se llegue a crear productos prácticamente a la medida. No hay que olvidar que el usuario es el auténtico motor y protagonista de Internet: la Red le devuelve el control y tendrá una participación cada vez mayor en los procesos de innovación pero también en el éxito de los proyectos.
Por eso, el futuro a medio plazo de muchas empresas de Internet es incierto, ya que sus modelos de negocio gestionan dos públicos objetivos: consumidores y clientes, normalmente con intereses contrapuestos. Los consumidores son los usuarios que acceden a la Web para satisfacer una necesidad, mientras que los clientes son empresas que pagan por acceder a los consumidores, que constituyen el tráfico o la base de datos de los mismos. Sólo las empresas que pongan decididamente el foco en el usuario liderarán los mercados.
En cualquier caso, el liderazgo en innovación y creación tecnológica está además también directamente ligado al acceso a infraestructuras de las empresas y de los ciudadanos de un país. De ahí que los gobiernos no pueden ignorar este hecho (China planea tener 300 millones de sus ciudadanos conectados por fibra en 2015). De manera que el foco de la innovación se desplazará allí.
Junto a todo ello, también la geolocalización y un Internet cada vez más móvil será sin duda una respuesta al continuo incremento de las personas que viven en ciudades (en 2030 habrá en ellas 5.000 millones de personas) y al imparable aumento de los móviles en funcionamiento (actualmente supera ya los 6.000 millones).
En definitiva, las compañías deben afrontar el desafío de que la Red es realmente diferente, ya que supone una cultura diferente, una estructura diferente y un control también diferente; y compartir los intereses con los usuarios y llegar a adivinar sus intereses y necesidades será clave. Pero ¿cómo afrontar de verdad un proceso de innovación? Hay que tener en cuenta que el 99% de los proyectos exitosos comienzan como retos para los que una persona necesita una solución, no como ideas, y que, en el 66% de los aciertos, los equipos cambian drásticamente sus planes originales. Para eso, la empresa debe adoptar el proceso de innovación dentro de su propia cultura teniendo en cuenta: una mentalidad abierta a la innovación, la cual se construye solo sobre principios básicos, lo que implica que no se basa en suposiciones y se acepta el fracaso; que una innovación significativa requiere una importante financiación que debe ser coherente y suficiente, incluso en las crisis económicas; que las empresas innovadoras persiguen múltiples enfoques para acceder a talentos y experiencias innovadoras externas (joint-ventures, clusters tecnológicos, fondos de capital riesgo y modelos de innovación abierta); y que la diversidad cultural estimula la innovación, porque las personas de orígenes o experiencias diferentes que trabajan juntos crean soluciones más innovadoras.
Imagen cortesía de sakhorn38/ FreeDigitalPhotos.net










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