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Las flores no sangran

Por   /   23 julio, 2015  /   Sin Comentarios

Poertada de las flores no sangranAutor: Alexis Ravelo.

Editorial: Arevés 2015.

 

Por Pedro A. Muñoz

En situaciones como la que actualmente vive nuestra sociedad, no parece difícil recoger buen material para plantearse una novela como “Las flores no sangran”. Para muestra, un botón. Una simple ojeada a la prensa diaria, unida a un buen conocimiento de los entresijos del poder en casi todas sus áreas, sin olvidar el mundo del hampa, basta para empezar. Ahora bien, lo realmente difícil es lograr estructurar un buen argumento, coherente y atractivo, pero, sobre todo, narrarlo con garra, hacerlo creíble y pegado siempre al terreno, lograr una tensión “in crescendo” sin guardarse en la manga finales inesperados. Realismo puro. Sobre todo cuando los papeles de la trama están definidos desde las primeras páginas. Y este es un campo en el que Alexis Ravelo se mueve como pez en el agua, haciendo gala de un saber hacer y un conocimiento temáticos del que pocos pueden presumir, al menos en el campo de la novela policíaca.

“Las flores no sangran” se centra en el pequeño mundo en que malvive un grupo de pequeños timadores, chorizos de poca monta, que sobreviven como pueden con engañifas y pequeños golpes ocasionales. Diego “El Marqués”, Lola, Paco “El Salvaje”, Felo y otros más de apoyo, pero igualmente delincuentes, como Eusebio “El Zurdo”, Fito… perdedores en medio de la nada, pero conscientes de ello y hartos de serlo, pensando siempre en aquel “gran palo” que nunca llega. Pero como saben que este no cae del cielo, deben planteárselo, buscarlo, estudiarlo y planificarlo. Así es que deciden llevar a cabo un secuestro exprés con todas las consecuencias. Objetivo, la hija de Isidro Padrón, un rico empresario emergente, más bien un cutre testaferro de la mafia rusa en Gran Canaria, escenario donde se desarrolla la trama y lugar que, por su situación insular, constituye una verdadera ratonera a la hora de poner tierra de por medio para los que sobrevivan, si es que lo logran. Sin embargo, consideran que la decisión vale la pena. A juicio del grupo, a esa especie de colectividad de poderosos que tiene la sartén por el mango les sobra pasta y ganan cada día más gracias a sus turbios negocios.

En pocas frases, el autor nos pone frente a esa especie de ventajistas que no cesa de proliferar en estos últimos tiempos: nuevos ricos que precisan alardes escandalosos de poder y prepotencia, aunque de vez en cuando sus horteras pautas de comportamiento pongan de manifiesto sus modestos y. tal vez, miserables orígenes. Y aunque el hábito no hace al monje, lo importante es que son poderosos, bien conectados, expertos en sobornar con generosas comisiones a la hora de obtener contratos diversos, en lavar dinero de la mafia rusa, en explotar a quien se tercie… cosas por el estilo (“pecunia non olet”, es decir, “el dinero no huele”, dicen que dijo Vespasiano). Así las cosas, no puede extrañar que la pequeña pandilla de perdedores y rateros del tres al cuarto se crean con justo derecho a trincar algo de una tarta de la que no pueden coger siquiera algunas migajas.

Ahora bien, se equivoca de medio a medio el lector que busque aquí planteamientos maniqueos. Lo cierto es que el pequeño grupo se busca la vida como sabe o como puede. Para ellos, es el camino de sus vidas (excepto alguna pequeña esperanza), y prácticamente no conocen otro; no tiene vuelta. ¿Mala suerte?, ¿Inclinación?, ¿Infortunio? Da igual: es lo que hay y, a partir de ahí, se apuntan a cualquier cosa que pueda mejorar su suerte. Los hechos simplemente suceden y los protagonistas (en un equilibrio muy precario) saben muy bien a qué es lo que juegan en cada momento, y si las cosas vienen mal dadas, deberán asumir las consecuencias. En ese caso, frente a ellos no sólo tendrán a la policía, sino que también el grupo de matones de Marcos Perera (otro de los nuevos poderosos), comandados por Raúl Silva, el sádico jefe de seguridad de la empresa Perera. Matones que no son parcos en utilizar una amplia variedad de brutales técnicas de violencia, si de lo que se trata es de conseguir una información que precisan y por la que les pagan.

Resultado, violencia y muertes. Porque en estas páginas hay violencia para dar y regalar. A veces hace recordar las mejores páginas que en este sentido escribió Mike Spillane, aunque su sádico Mike Hammer solía guiarse más por obsesiones anticomunistas (“Una sola noche”), antes que por frenar o anular “comportamientos antisociales”. Pero, claro, eso era el Estados Unidos de la guerra fría y “Las flores no sangran” transcurre en Gran Canaria, aunque la trama podría ubicarse también en cualquier lugar de la Península. si bien carecería entonces del asfixiante ambiente que en este caso ofrece la insularidad.

En medio de toda esta trama, el comisario Rubén Benavides y el inspector Emilio Serrano arman con cierta rapidez deductiva el rompecabezas al que se enfrentan, aunque saben que siempre les faltarán las piezas mayores que ya tienen ubicadas, los que tienen la sartén por el mango, que quedarán casi siempre fuera de su alcance.

Podríamos decir que la novela tiene un final hasta cierto punto “equilibrado”. Sin embargo, como es del tipo historia con personajes bien definidos y reales, cutres, pero reales, se les coge un cierto afecto. No en vano, Ravelo, como él mismo recuerda, estuvo asesorado por buenos conocedores del hampa y crea unas tipologías cutres, marginales, pero totalmente humanas. No extraña entonces que, al final de la lectura, surja una reflexión casi ineludible: ¿y qué pasó con los que quedaron?.

¿Habrá una segunda parte, o bien reaparecerán en otro libro?

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Sobre el autor

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