El otro obstáculo imponderable para acceder a los textos literarios del Humanismo es la ausencia casi absoluta de referencias culturales entre el estudiantado. Lo comentaba George Steiner en alguno de sus libros: el acervo de notas y explicaciones previas (léxicas, históricas, mitológicas, religiosas…) para comprender la mera superficie de un texto clásico ha de ser hoy en día tan voluminoso que, cuando el alumno por fin alcanza a entenderlo, ha quedado tan exhausto, tan apesadumbrado por el cúmulo de nuevas informaciones, que se muestra ya incapaz de gozar sus mieles literarias, de sondear con energía su riqueza de sentidos o sus mimbres más secretos. Si tenemos que explicar a un alumno de Filología qué es la Arcadia, qué es el Gólgota, quiénes son los godos, que Marte es el dios de la guerra, que Febo es el sol, que “sierpe” es serpiente, que “beldad” es belleza, que “pródigo” no es el que vuelve (aunque eso ya sea saber algo) sino el que derrocha, que Jacob robó la bendición de su padre, que el poeta alude a Jesucristo cuando se refiere al hombre que “descendió” “para subirnos al cielo”, o si es necesario resumir a Platón al toparnos con “el alma que en olvido está sumida” o explicar la doctrina del amor cortés para comprender un verso tan sencillo del Romancero como ese que dice que “los enamorados van a servir al amor”…, si hay que aportar éstos y similares datos para acceder a la mera letra de muchos textos, ¿cómo no pensar que el estudiante al uso va a incurrir en el error de juzgar que la literatura humanística es un vano artificio que nada tiene que ver con el ser humano, con la realidad de las cosas, con la propia vida?
Sí, hay un paisaje de puentes derrumbados en las antiguas vías que daban acceso a la única Cultura que ha dado nuestra historia y nuestra civilización. Pero anímense los que aún tienen fuerzas y ambición para llegar hasta ella. Comprobarán que la crisis se ve más pequeña cuando se contempla desde el otro lado.










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