Por Enrique Sancho, director de Open Comunicación, compañía especializada en comunicación y marketing.
Cuando se acercan las fechas más religiosas del año, la Cuaresma y la Semana Santa, en muchos lugares se hace un tributo a don Carnal en su pugna con doña Cuaresma y se lucen trajes espectaculares que adornan cuerpos magníficos. No obstante, también numerosos pueblos españoles rinden su particular homenaje a sus santos patronos o a sus vírgenes, sacando a la calle, curiosamente, demonios, esqueletos, ataúdes y diablos de distinto pelaje. En todo caso, el denominador común de todas estas fiestas paganas es la alegría, los bailes, las procesiones, la comida… y el vino.
Así ocurre, por ejemplo con la anual “Trobada dels Dimonis”, que se celebra en Sa Pobla (Mallorca) y en la que participan diablos provenientes de la mayor parte de los pueblos de la isla.
Esta fiesta, de carácter popular y de origen religioso, tuvo sus comienzos en el siglo XV y con ella se pretende explicar las tentaciones que los “dimonis” proporcionan a los creyentes.
Por su parte, el “correfoc” o “correfuegos” es una manifestación cultural popular catalana, balear y valenciana, en la que un grupo de personas, disfrazadas o no de demonios, desfilan por las calles de un municipio corriendo, bailando y saltando entre fuegos artificiales. En la vecina Francia hay collas (pandillas) de “correfocs” y fiestas en los que actúan por toda la zona del Rosellón.
En ese sentido, un caso peculiar es de “El Colacho”, un demonio que salta sobre los recién nacidos en Castrillo de Murcia (Burgos), lo que lleva haciéndo desde el siglo XVII.
En realidad “El Colacho” es un hombre enmascarado vestido de amarillo y rojo que lleva un rabo de buey en la mano. Aparece en esta localidad burgalesa todos los años en el día del Corpus y corre por todo el pueblo azotando con el rabo de buey a los vecinos. A su paso, se le preparan altares de flores sobre los que yacen los recién nacidos, y “El Colacho” salta sobre ellos una y otra vez. ¿Por qué? Pues es que este hombre simboliza al diablo y salta por encima de los bebés para liberarles del mal y del pecado.
De nuevo en Baleares, los pueblos de Mallorca celebran cada año Sant Antoni. Con el sugerente cartel “Sant Antoni i el dimoni ja són aquí”, Santanyí conmemora la festividad del patrono de los animales y el santo más popular de la isla. Para ello, al caer la noche, saldrán los demonios por el pueblo, perseguidos por un grupo de niños y acompañados por la música de los “xeremiers”. Las infernales criaturas tocarán las puertas de las casas del pueblo invitando a la gente a unirse a la celebración.
Con atuendos característicos, danzarán en medio del fuego, humo y pirotecnia y después se encenderá un gran “fogueró” para asar carne y embutidos en la plaza de Sant Bartomeu.
Mientras, en la fiesta de “El Demonio” de Badalona se lleva a cabo la “Quema del Demonio” (Cremada del Demoni), con una espectacularidad que ha merecido el título como Fiesta de Interés Turístico Nacional y que se realiza hace más de 60 años. En ella, las llamas del fuego abaten a un muñeco gigante elaborado para la ocasión. Su figura representa la crisis que atacó durante el año a esta ciudad y la quema de la misma se convierte en el inicio de una nueva oportunidad.
Asimismo, se anuncia, entre cohetes, luces multicolores, alegría y tradición, la llegada de la estación primaveral.
Brujas y demonios se reúnen, por su parte, en la fiesta del “Aquelarre” de Cervera, un ritual con 39 años de historia que reúne a brujas, demonios, espectáculos musicales y otros subidos de tono y 360 kilos de pólvora en la comarca rural de la Segarra. Lo cierto es que toda la festividad gira en torno al esoterismo, el fuego y la música.
Entre tanto, en Almonacid del Marquesado (Cuenca), durante los primeros días de febrero se celebra “La Endiablada”, una tradición festiva en honor a la Candelaria y San Blas que tiene por protagonistas a unos 130 diablos con trajes de colores y tan enormes como los ruidosos cencerros enloquecidos que cuelgan a sus espaldas, mientras asaltan las calles para hacer un recorrido infernal en danza, brinco y salto, a la vez que los pueblerinos pasean a sus santos. Todos los festejos se acompañan de un entorno misterioso e inmejorable conquense, rica gastronomía de la zona, bebida, y música.
“Las Carantoñas”, un caso particular
En Acehúche, un pueblo de Cáceres, no se trata exactamente de demonios; al menos, no los llaman así, sino con el más benévolo título de “carantoñas”, aunque su apariencia no difiere mucho. Colmillos ensangrentados, orejas, pimientos secos, caras atormentadas, pieles de oveja y cabra, disparos y confetis… ¿Qué tiene que ver todo eso con San Sebastián, patrón del pueblo,
el centurión cristiano que fue martirizado a flechazos por los romanos y abandonado a las fieras que, sin embargo, lo respetaron por su santidad y fue encontrado todavía vivo por otros cristianos?
Pues en cualquier otro lugar, seguramente nada, pero en el pueblo cacereño de Acehúche ése es el motivo de su fiesta más importante: “Llas Carantoñas de San Sebastián”, fiesta declarada de Interés Turístico Regional y que pretende ser reconocida como de Interés Nacional. Y méritos no le faltan, porque la celebración reúne todo lo que una buena fiesta debe de tener: su punto religioso, con la imagen del santo asaeteado y medio desnudo paseado por las calles; el colorido de las máscaras (carátulas las llaman aquí), de ahí el nombre de la fiesta; disparos al aire por parte de los «tiraores, y lluvia de confetis y flores de la que se encargan las mujeres, las «regaoras», que van, claro está, con su traje típico. Simbolismo y misterio, alegría y música, bailes y buena gastronomía; lo ideal de una fiesta.
Esta curiosa fiesta coincide con la celebración de San Sebastián, patrono de Acehúche y de quien la leyenda o la historia cuenta que en realidad fue condenado a morir en el circo por no renegar de su fe, si bien las fieras lo respetaron y fueron entonces sus antiguos compañeros del ejército romano quienes lo mataron a flechazos.
Su origen se remonta a la época romana y se vincula al santo centurión, aunque ha ido sufriendo variaciones a lo largo de los años, principalmente debido a la difusión del cristianismo.
La fiesta de San Sebastián comienza la víspera, cuando por la mañana el mayordomo y sus familiares se encargan de recoger romero en las proximidades de la localidad y transportarlo hasta Acehúche en un vehículo. A la llegada al pueblo, son recibidos con gran bullicio por todos los vecinos, repiques de campanas y cohetes. Por otra parte, los jóvenes y los niños son los encargados de ir a buscar al tamborilero, pieza clave de esta fiesta, al lugar conocido como «Gorrón Blanco», muy próximo al pueblo. Este personaje, ataviado con tambor y flauta, recorre la localidad durante los tres días de fiesta, animando con su música y con su presencia.
No obstante, el 20 de enero es el “día grande” de San Sebastián. Al amanecer de ese día, tiene lugar la «alborá», durante la que el tamborilero recorre las calles despertando a los que se disfrazarán de “carantoñas” y a todos los vecinos. Las “carantoñas” son en realidad hombres (nunca mujeres) disfrazados con pieles de cabras u ovejas. La cabeza la cubren con una máscara también de piel, con unos rotos para poder ver y respirar y que está adornada con pimientos secos, orejas y colmillos aparentemente ensangrentados. En su mano llevan un ramo seco de acebuche (de donde viene el nombre del pueblo) u olivo silvestre, aunque antiguamente portaban una vara seca con muchas puntas, llamada «tárama».
Una vez despertados, todos se dirigen a casa de los “mayordomos”, que son los encargados de sufragar la fiesta, lo que se conoce popularmente como «servir al santo» (suelen ser varios, uno por cada día de fiesta), donde se les obsequiará con unas migas con café.
Seguidamente, los que van a disfrazarse de “carantoñas” se van a sus casas para comenzar el laborioso ritual de disfrazarse con sus vestimentas, una ardua tarea en la que son ayudados por sus amigos. Mientras tanto, los “mayordomos” reparten el romero («regar el romero») recogido el día anterior por las calles por donde pasará la procesión.
En cualquier caso, otros personajes importantes de estas fiestas son los «tiraores» y las «regaoras». Los primeros son grupos de jóvenes con escopetas que disparan al aire sus cartuchos, armando gran estruendo y lanzando salvas al santo durante la procesión. Las segundas son grupos de chicas que, ataviadas con el traje típico, llamado de «bayeta», acompañan al santo y van regando de confetis las calles por donde pasa la procesión.
Antes de ella, la salida de San Sebastián de la iglesia es impresionante. Mujeres y hombres se disponen abriendo un pasillo para dejar pasar al santo, y en ese momento, los “tiraores”, al unísono, disparan sus escopetas y las «regaoras» lanzan una lluvia de confetis, mientras se oyen salvas al santo. Entre tanto, las “carantoñas”, a las que no les está permitido entrar dentro de la iglesia y esperan en la calle
pacientemente con su aspecto impresionante (representan a las fieras que respetaron al mártir), se colocan entonces delante del santo, siempre de dos en dos, y le hacen reverencias arrastrando la rama de acebuche.
Avanza la procesión de esta manera y, cuando la misma pasa por la casa del “mayordomo”, especialmente adornada para este momento, el “mayordomo” o alguien de su familia «echa la loa» al santo desde el balcón. Su contenido es variable, pero normalmente se trata de alabanzas al santo o se habla del favor concedido. A su término, los «tiraores» hacen sonar de nuevo sus escopetas y las chicas tiran confetis.
Por otro lado, la «vaca tora» es otra “carantoña”, pero encargada de asustar al resto de “carantoñas” y de acompañantes armando un gran revuelo. La diferencia del resto su gran cornamenta, que aparece debajo de una gran manta y lleva colgando un gran cencerro. Su aparición supone el fin de la fiesta.
Y es entonces el momento de reunirse en torno a una buena mesa.
La gastronomía extremeña nunca defrauda. No hay que olvidar además que en la ganadería de Acehúche abundan las cabras retintas, que son animales tranquilos, muy adaptados al terreno y que pueden producir entre los 250 y 400 litros de leche por hembra. Esta es, en su mayoría, la materia prima de los quesos de la comarca de Alcántara, entre los que destacan los de Acehúche. Se trata de unos quesos elaborados con leche cruda y entera, usando para cuajarla el cuajo de cabrito lechal, y para cuyo moldeado se usan cinchos de madera de castaño. El queso suele medir entre 12 y 18 centímetros de diámetro y entre 4 y 8 de altura, no pesando más de un kilo. La pasta está prensada y cruda, sin agujeros, picante, algo ácida y extragrasa, en tanto que la corteza está lavada y es un poco rugosa.
Las personas que se acerquen por Acehúche pueden comprar el queso en las propias explotaciones ganaderas o bien en los comercios del lugar. En cualquier caso, el municipio cuenta también con varias fábricas de embutidos, procedentes del cerdo ibérico, animal que ocupa las extensas dehesas de la zona. Además, para las festividades, como en “Las Carantoñas”, se elaboran dulces típicos, como las “floretas”, “perrunillas”, “briñuelos”, “repelaos”… siempre acompañado del buen vino de la zona.









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