Por Helena Rodríguez, Directora del Centro de Psicología Psiconet, Centro sanitario especializado en tratamiento de trastornos de tipo mental.
Debido a la actual situación económica y a la notoriedad de algunos casos de corrupción en nuestro país, es habitual la preocupación de la gente por comprender los fundamentos que permiten a un sujeto profundizar en una crisis de valores que pueda desembocar en el engaño y aprovechamiento sistemático de algunas lagunas para el expolio del denominado bien común.
Son dos las variables que fomentan la corrupción. Una de ellas es comentada con frecuencia y es la necesidad de generar un entorno controlado en el que se dificulte el hecho delictivo. La otra tiene que ver con la personalidad del individuo, ya que algunas personas pueden tener una mayor predisposición hacia este tipo de conductas desleales. Comprender cómo razona una persona potencialmente corrupta puede ser de gran ayuda para evitar que se produzca daño.
En cualquier caso, en primer lugar, hay que aclarar que nadie está a salvo de convertirse en un ser corrupto, ya que son las circunstancias a las que nos enfrentamos las que condicionan las decisiones del individuo. Sin embargo, también es cierto que es la personalidad de cada uno la que permite afrontar esas situaciones personales de una u otra forma.
En esa línea, hay que decir que dos factores pueden favorecer que una persona honrada deje de serlo. En primer lugar, la situación personal, social y económica del individuo, que determinarían tanto la necesidad como la oportunidad de corromperse. Y en segundo lugar, la personalidad del individuo, que condiciona la forma de razonar del individuo y le permite canalizar esa necesidad y oportunidad de una u otra forma.
Basándonos, en las investigaciones psicológicas sobre el comportamiento humano y los trastornos de personalidad, existen dos tipos de personalidades más próximas a desembocar en casos de corrupción si se dieran los condicionantes apropiados: la personalidad narcisista y la antisocial. Pero esto no quiere decir que todas las personas con estos trastornos sean malas o corruptas, sino que simplemente se pone de manifiesto el elevado riesgo que supondría para una de estas personalidades enfrentarse a una situación propicia para la corrupción. Del mismo modo que mojarse los labios en cerveza generaría un impulso irrefrenable en un alcohólico, administrar el dinero público puede ser una tentación incontrolable para algunas personas en determinadas situaciones.
La personalidad narcisista basa su autoestima en una presunción ciega de valía y de superioridad personal. Su rasgo predominante es el egocentrismo y la sobrevaloración de su valía personal, e incluso estas personas esperan que las otras personas atiendan a la alta estima en la que se apoyan. Se consideran por encima de las convenciones de su grupo cultural y, además, se ven exentos de las personalidades que gobiernan, ponen orden y reciprocidad a la vida en sociedad. Asumen, por otra parte, que los demás renunciarán a sus deseos en favor de su bienestar y operan sobre la presunción de que el mero deseo de cualquier cosa justifica por sí mismo su posesión y se basan en la creencia de que han de recibir, por derecho propio, consideraciones especiales. Su comportamiento refleja también una despreocupación por cuestiones de integridad personal e indiferencia hacia los derechos de los demás, hasta el punto de que carecen de empatía y utilizan a los otros para fortalecer su autoestima y satisfacer sus deseos. Y, por otro lado, poseen gran imaginación con fantasías de éxito, creyendo que son personas de mérito, especiales, a menudo sin logros significativos, a la vez que se autoengañan para justificar su egocentrismo y su comportamiento socialmente desconsiderado.
Las personalidades antisociales o psicopáticas, mientras, se caracterizan por tener fe en ellas mismas, hasta el punto de que sólo se sienten seguras cuando son independientes de las personas que temen les puedan herir o humillar. Algunas personalidades de este tipo realizan actos ilegales, pero otros con personalidades similares se mueven en el límite de lo permitido socialmente. No obstante, la mayoría de estos individuos hallan un hueco socialmente valorado en el mundo de los negocios, la política o el ejército. Sin embargo, muchas personas de este tipo muestran una baja tolerancia a la frustración, son impredecibles e incontrolables, actuando rápido y espontáneamente. Por otra parte, se aburren e inquietan con gran facilidad, no soportan las rutinas, ni persistir en las responsabilidades de un trabajo o de un matrimonio. A veces buscan riesgos, actuando como si fueran inmunes al peligro, y construyen las relaciones según creencias y valores socialmente poco ortodoxos, desconfiando de las personas y codiciando intensamente los beneficios materiales que la sociedad les ha negado. Y eso sí, carecen de compasión y remordimiento personal.
Por todo ello, y debido a la gran responsabilidad que soportan algunos cargos públicos, los políticos deberían plantearse realizar procesos de selección más completos en los que reciban asesoramiento de psicólogos expertos, tal y como hacen ya muchas de las empresas más importantes.










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